Duérmanse las palabras, no
repitan
su cansado, monótono
estribillo,
hojas flotando al viento,
amarillentas,
en el otoño su frescor
marchito.
Tuvieron su momento,
destellaron
en luces y sonidos,
luego perdieron nervio,
y olvidaron su oficio
hasta yacer en lánguida
apatía,
piezas muertas de inmóvil
mecanismo.
Hoy la expresión se nutre
de nuevo colorido,
savia fluyendo en retorcidas
venas,
vitalidad nacida del
instinto.
Deja hablar a la piel,
cálida y suave,
erizada en vocablos
infinitos,
voces que no envejecen,
aunque una y otra vez digan
lo mismo;
deja hablar a la piel,
lengua obstinada,
ya en términos furtivos
de rodilla avanzando entre
los muslos,
o dedos atrevidos
trepando ineludibles
bajo la superficie del
vestido;
deja hablar a la piel, con
la apagada
dulzura del suspiro,
con el revuelo de alas
sacudidas,
con la sonoridad del mar, o
a gritos.
La piel contra la piel, qué
largas lenguas,
qué multitud de besos
clandestinos,
o palabras de nuevo
troqueladas
con un concepto cada vez
distinto.
Lenguaje inagotable,
de perenne inflexión y
colorido,
que no se desvirtúa
por la repetición o los
modismos.
Háblame así, en coloquio
interminable,
y escúchame tú mismo,
piel contra piel; que las
palabras duerman
en alejado exilio,
y esta conversación
acariciante
nos absorba en perenne
remolino.

Los
Angeles, 16 de agosto de 2000