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En el
siglo XII a.C., hacia 1190, la arqueología ha detectado que las
fortalezas aqueas son destruidas, iniciándose una etapa de
empobrecimiento generalizado de la cultura egea. Tradicionalmente se
acusaba a los dorios, con sus nuevas invasiones, de la caída de la
cultura micénica. Modernamente se ha argumentado que, quizás, se
hayan producido en este momentos intensas revueltas sociales y
luchas internas contra el despotismo que habría caracterizado el
poder de los príncipes aqueos. En todo caso, no debemos olvidar que
es en estos momentos cuando como consecuencia de las invasiones de
los denominados "Pueblos del Mar" se produce, simultáneamente, el
ocaso del imperio Hitita y la ruina de Ugarit, en tanto que en
Egipto tenemos constancia de los intensos esfuerzos de los faraones
para hacer frente a los nuevos pueblos invasores. En torno al 1230
en el caso de Menephtah y hacia 1191 para Ramsés III están
documentadas en la epigrafía egipcia las luchas sostenidas por los
ejércitos faraónicos contra esos denominados "Pueblos del Mar", que
llegaron al Delta del Nilo procedentes del Mediterráneo. Los dorios,
causantes de la destrucción aquea, procedían de la Europa Central y
Rusia Meridional, y a pesar de que eran portadores de una cultura
más ruda y atrasada lo cierto es que ya conocían el empleo del
hierro, lo que facilitó su victoria e implantación en la Hélade. En
este contexto habría que situar las narraciones legendarias griegas
sobre el retorno de los Heráclidas, que habrían sido los pueblos
dorios conducidos por los hijos de Hércules.
Ahora, con la
destrucción de los centros de poder micénico, estos son sustituidos
por otros nuevos que se levantan en sus cercanías. Es el caso de
Micenas y Tirinto, sustituidos por Argos, o el de Orcómenos, al que
ahora suplanta Tebas. Se ha acreditado que las viejas ciudadelas son
destruidas, a menudo gracias a la acción de intensos incendios y se
convierten en despoblados. Con la caída de los micénicos se produce
en Grecia una importante regresión a los tiempos del Pasado y, por
ejemplo, se pierden los conocimientos del arte de navegar o los
sistemas de escritura. Se conservará, afortunadamente, el arte de la
alfarería y se incorporan ahora las nuevas técnicas de trabajo del
hierro que los pueblos invasores portaban.
Con
independencia de lo anterior, quizás no haya que descartar la
posibilidad de que, facilitadas por esa oleada de invasiones que los
documentos antiguos egipcios reflejan, se produjeran en Grecia
luchas revolucionarias internas contra el poder de los príncipes
micénicos. Las leyendas recogidas por Homero, generalmente tan
fiables, nos dicen que cuando Agamenón retornó de Troya murió a
manos de su esposa Clitemnestra, compinchada con su amante Egisto.
Quizás en el transfondo de esta afirmación de Homero y, en general,
en la propia mitología de la familia de los Atridas, hayan de
buscarse elementos que nos hablen de esa etapa de enfrentamientos en
Micenas que podrían haber ayudado a facilitar el fin de esta
civilización.
Las
narraciones legendarias sobre la familia Atrida nos narra, por
ejemplo, como Atreo, el padre de Agamenón, asesinó a los hijos de su
hermano Tiestes, para impedir que más adelante pudieran arrebatarle
el trono. En una acción sin duda truculenta Atreo, tras asesinar a
sus sobrinos, los sirvió guisados en una comida que ofreció a su
propio hermano, quién huyó horrorizado jurando venganza, que
conseguiría otro de los hijos de Tiestes, Egisto, que más adelante
tuvo oportunidad de matar al impío Atreo y restaurar a Tiestes en el
trono de Micenas.
Pasado el
tiempo, el mito nos narra como Agamenón, hijo de Atreo, expulsa
nuevamente del trono a su tío Tiestes, partiendo a continuación, en
su calidad de "Rey de Reyes" a sitiar Troya, encontrándose, a su
regreso, con que su propia esposa Clitemnestra, en complicidad con
Egisto, convertido ahora en su amante, no dudan en asesinarle.
Posteriormente, Orestes, hijo de Agamenón y Clitemnestra, tampoco
vacilará, utilizando los criterios de una durísima venganza, en
matar a su propia madre y a su amante. Desde entonces habrán de
perseguirle las terribles Erinias, las diosas de la venganza, que le
atormentarán sin descanso, como nos ha narrado Esquilo en su "Orestíada",
hasta que los dioses, compadecidos, le libren de esa feroz maldición.
No debe
extrañarnos, sin embargo, la terrible acción de Clitemnestra al
asesinar a su esposo, ya que lo cierto es que, realmente, argumentos
no le faltaban para ello. En efecto, su unión matrimonial había
nacido maldita, ya que Agamenón había matado antes al anterior
esposo de Clitemnestra, Tántalo, y al hijo de ambos. Por si fuera
poco, cuando el "Rey de Reyes" inició la partida hacía Troya tuvo
que sacrificar a su querida hija Ifigenia en Áulide, para así
aplacar la ira de la diosa Artemisa y conseguir vientos favorables
que impulsarán sus naves hacía el reino troyano. Eurípides nos ha
dejado escritas las terribles dudas de Agamenón ante esa imperiosa
necesidad de sacrificar a su propia hija: "Tiemblo ante la idea de
cometer este acto inaudito, y temo ante la idea de rechazarlo, pues
sé que mi deber es cumplirlo". No es extraño, que Clitemnestra, que
nunca pudo perdonar el sacrificio de su hija querida Ifigenia, no
dudara en entregarse a las brazos amantes de Egisto, dudas que,
posiblemente, tampoco padeció cuando decidió asesinar a Agamenón al
retornar del sitio de Troya. El mito nos narra como ofreció al rey,
que estaba saliendo del baño, una camisa cuyas mangas, pérfidamente,
había cosido. Cuando Agamenón, incapaz de defenderse, se colocaba
esa vestimenta, cayó acuchillado por el bronce de Egisto.
Curioso mito el
de la familia de los Atridas, envuelto en sangre y pasiones, que,
quizás, de alguna manera, está rememorando con formas literarias,
como es usual en los poetas y en los mitos, unos tiempos de
profundos enfrentamientos internos, que habrían contribuido de
manera decisiva a causar el fin de la cultura micénica.
(http://perso.wanadoo.es/historiaweb/antiqva/micenas/el_mito_de_los_atridas.htm) |
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