Tántalo![]()
Los dioses determinan su venganza
Con impulso cruel e insensitivo,
Haciendo al hombre un mísero cautivo
Sin fe, sin libertad, sin esperanza.Tántalo sin cesar la mano avanza
Ya con fiera ansiedad, o ardor furtivo;
La sed y el hambre le consumen vivo,
Pero ni el agua ni la fruta alcanza.El hombre lanza su deseo al viento;
La mujer le recoge y le rechaza,
Se ofrece y se retira en un momento,Y a la vez se desnuda y se disfraza.
Y el hombre queda solo en su tormento,
Con nada entre los brazos cuando abraza.Los Angeles, 10 de Agosto de 1997
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El rey Tántalo y su horrible suplicio
El castigo de Tántalo remeda la cena que determinó su confinamiento definitivo
en el inmenso asilo de las almas que Plutón gobierna bajo la tierra.
La cena se realizó un día en que Tántalo convidó a sus amigos los dioses a un gran banquete en su palacio.
Todos los inmortales del Olimpo, comparecieron. No imaginaban las malas intenciones de Tántalo rey de Frigia, a pesar de las innumerables faltas por este cometidas. Una vez había revelado a sus amigos mortales conversaciones que eran del exclusivo interés de los dioses. En otra ocasión robó néctar y ambrosía (bebida y comida de los dioses) para deleitar a sus concubinas. Y en cuanto al perro de Júpiter, que le había pedido prestado a Mercurio, Tántalo no se molestaba en devolverlo. Parecía que ese acomodado e irreverente señor de la Tierra quería jugar con los dioses.
Apetitosas y humeantes, las fuentes de vituallas atravesaban el salón en todas direcciones. Criados engalanados colocaban en los platos de los divinos comensales enormes porciones de carne rosada. No se daban cuenta de que involuntariamente, se hacían cómplices de un doble crimen.
Se percibía sin embargo, una atmósfera sospechosa. La mirada de Tántalo revelaba intenciones malvadas. Los inmortales contemplaban sus platos sin moverse. Sólo Ceres, sin darse cuenta de nada, se sirvió de su porción con gesto delicado. Pero al probar el alimento se dio cuenta de que era carne humana: la de un omóplato.
Los dioses se levantaron indignados. Era la última broma del rey de Frigia. Broma trágica además: el cuerpo servido en el banquete pertenecía al propio hijo del anfitrión.
Era un crimen digno de la furia implacable de las Erinias. Además de un desafío a la paciencia y la sabiduría de los inmortales. Homicidio y sacrilegio. Castigo: el Tártaro.
Para Tártaro, el infierno es un inmenso lago. Con agua hasta las rodillas, el condenado no puede saciar su eterna sed, pues el liquido le resbala de la boca, rehusándose a humedecerle la garganta. Rodeado de árboles cargados de frutas, no puede aplacar el hambre pues las ramas se le escapan de las manos.
Y Tántalo sueña con asados y néctares, dispuestos en una gran mesa preparada sólo para él. Pero nunca los podrá alcanzar por mas que se esfuerce.![]()
Prometeo, símbolo de la inteligencia humana, revela los misterios divinos![]()
Y Tántalo sueña con asados y néctares dispuestos en una gran mesa
Hijo de Zeus y una mortal, era el preferido de los dioses, le dejaban escuchar las conversaciones de los dioses y comer con ellos, como si él también fuera un dios.
Era tan malo que una vez hizo matar a su hijo Pélope y lo descuartizó y en la cena se lo dio a comer a los dioses, para que se volvieran antropófagos sin darse cuenta. Los dioses sospecharon y ninguno quiso probar, sino la diosa Ceres, que estaba muy triste y distraída porque le habían robado la hija, y se comió un pedazo de hombro.
De inmediato apareció la parca Cloto y le rezó una oración a la cena y el niño Pélope fue resucitando, pero le faltaba un hombro, y Cloto se lo pusó de marfil.
A Tántalo lo mandaron los dioses para el Hades y el castigo fue meterlo en un charco que le llegaba hasta la nuca, y al sentirse sediento se acercaba a tomar agua, pero el charco se iba secando hasta quedar en un arenero. También le acosaba el hambre y encima de él, habían varios árboles llenos de frutas provocativas y cuando las iba a coger llegaba un ventarrón y elevaba sus ramas donde él no alcanzara. Y así se la pasaba.
Asimismo, sentía un miedo horrible de morirse y encima de él había una piedra inmensa que parecía que se le iba a venir encima, pero nunca se caía.
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El poema titular de esta página es original de
Francisco Alvarez Hidalgo.
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