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Cuadro de Goya
| Lazarillo
Duro es sobrevivir sobre la ruta, Hubiera sido caballero andante, Mas no en éste, de ciegos y rufianes,
Los Angeles, 12 de abril de 2000
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La
Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades
es una de las obras cumbres de la literatura castellana. En ella se narra la
vida de Lázaro, un muchacho pobre que se ve obligado a servir a varios amos
para sobrevivir. El
Lazarillo
refleja la forma de vida de los pícaros, que eran personas que vagabundeaban
de un lugar a otro, intentando vivir y mejorar su posición social sin
trabajar. Lázaro
nace en Tejares, una aldea de Salamanca por la que pasa el río Tormes. Cuando
sólo tiene ocho años, su padre es desterrado por ladrón y poco después
muere en una batalla. Su madre se traslada con Lázaro a Salamanca, donde
también ella tiene problemas con la justicia. Un
día llega un ciego al mesón en el que está sirviendo la madre de Lázaro y
le pide a ésta que le entrege a su hijo como criado. Desde ese momento, Lázaro
pasa al servicio del ciego. El
astuto ciego enseña a Lázaro a no confiar en nadie. Para ello recurre a
diversas tretas. En una ocasión, por ejemplo, le dice que se acerque a un
toro de piedra que hay a la salida de Salamanca para que escuche un sonido
extraño; y cuando nota que el mozo, confiado, tiene la oreja pegada al toro,
le golpea fuertemente la cara contra la piedar. De esta forma tan cruel, Lázaro
aprende que no debe fiarse de nadie. Ante
tanta dureza y mezquindad. Lázaro decide abandonar al ciego. Y lo hace dejándole
malherido tras haber conseguido que se golpee la cabeza contra un pilar de
piedra. Después
de este, Lázaro pasa a servir a un clérigo muy tacaño que guarda los panes
bajo llave. Lázaro consigue al fin la llave, pero es descubierto y despedido. Vagando
de pueblo en pueblo, Lázaro llega a Toledo, donde entra al servicio de un
escudero tan pobre como vaidoso. Al pobre hombre le gusta aparentar que es un
caballero principal, pero en su casa no hay ni un pedazo de pan. Lázaro
siente lástima del hombre y hasta comparte con él lo que obtiene mendigando. Después
de servir al escudero, Lázaro entra al servicio de otros amos: un fraile, un
vendedor, un capellán y un alguacil. Al final
de la obra, Lázaro obtiene el puesto de pregonero en Toledo y se casa con la
criada de un arcipreste que mantiene a los dos. Lázaro, que ya es un hombre,
se siente muy satisfecho de la posición social que ha alcanzado, y es
entonces cuando decide escribir el relato de su vida. (De: http://www.pntic.mec.es/mem/aventlitera/html/biblioteca/lazarillo.html)
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Portada del libro
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La
obra: (Selección
de texto) Tratado
Primero Cuenta
Lázaro su vida, y de cuyo hijo fue. Pues sepa
V.M. ante todas cosas que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González
y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue
dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre, y fue desta
manera. Mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una
aceña, que está ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años;
y estando mi madre una noche en la aceña, preñada de mí, tomóle el parto y
parióme allí: de manera que con verdad puedo decir nacido en el río. Pues
siendo yo niño de ocho años, achacaron a mi padre ciertas sangrías mal hechas
en los costales de los que allí a moler venían, por lo que fue preso, y confesó
y no negó y padeció persecución por justicia. Espero en Dios que está en la
Gloria, pues el Evangelio los llama bienaventurados. En este tiempo se hizo
cierta armada contra moros, entre los cuales fue mi padre, que a la sazón
estaba desterrado por el desastre ya dicho, con cargo de acemilero de un
caballero que allá fue, y con su señor, como leal criado, feneció su vida. Mi viuda
madre, como sin marido y sin abrigo se viese, determinó arrimarse a los buenos
por ser uno dellos, y vínose a vivir a la ciudad, y alquiló una casilla, y
metióse a guisar de comer a ciertos estudiantes, y lavaba la ropa a ciertos
mozos de caballos del Comendador de la Magdalena, de manera que fue frecuentando
las caballerizas. Ella y un hombre moreno de aquellos que las bestias curaban,
vinieron en conocimiento. Éste algunas veces se venía a nuestra casa, y se iba
a la mañana; otras veces de día llegaba a la puerta, en achaque de comprar
huevos, y entrábase en casa. Yo al principio de su entrada, pesábame con él y
habíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas de que vi que con su
venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía pan,
pedazos de carne, y en el invierno leños, a que nos calentábamos. De manera
que, continuando con la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito
muy bonito, el cual yo brincaba y ayudaba a calentar. Y acuérdome que, estando
el negro de mi padre trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre y
a mí blancos, y a él no, huía dél con miedo para mi madre, y señalando con
el dedo decía: "¡Madre, coco!". Respondió
él riendo: "¡Hideputa!" Yo, aunque
bien mochacho, noté aquella palabra de mi hermanico, y dije entre mí: "¡Cuántos
debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mesmos!" Quiso
nuestra fortuna que la conversación del Zaide, que así se llamaba, llegó a oídos
del mayordomo, y hecha pesquisa, hallóse que la mitad por medio de la cebada,
que para las bestias le daban, hurtaba, y salvados, leña, almohazas, mandiles,
y las mantas y sábanas de los caballos hacía perdidas, y cuando otra cosa no
tenía, las bestias desherraba, y con todo esto acudía a mi madre para criar a
mi hermanico. No nos maravillemos de un clérigo ni fraile, porque el uno hurta
de los pobres y el otro de casa para sus devotas y para ayuda de otro tanto,
cuando a un pobre esclavo el amor le animaba a esto. Y probósele cuanto digo y
aun más, porque a mí con amenazas me preguntaban, y como niño respondía, y
descubría cuanto sabía con miedo, hasta ciertas herraduras que por mandado de
mi madre a un herrero vendí. Al triste de mi padrastro azotaron y pringaron, y
a mi madre pusieron pena por justicia, sobre el acostumbrado centenario, que en
casa del sobredicho Comendador no entrase, ni al lastimado Zaide en la suya
acogiese. Por no
echar la soga tras el caldero, la triste se esforzó y cumplió la sentencia; y
por evitar peligro y quitarse de malas lenguas, se fue a servir a los que al
presente vivían en el mesón de la Solana; y allí, padeciendo mil
importunidades, se acabó de criar mi hermanico hasta que supo andar, y a mí
hasta ser buen mozuelo, que iba a los huéspedes por vino y candelas y por lo
demás que me mandaban. En este
tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería
para adestralle, me pidió a mi madre, y ella me encomendó a él, diciéndole
como era hijo de un buen hombre, el cual por ensalzar la fe había muerto en la
de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría peor hombre que mi padre,
y que le rogaba me tratase bien y mirase por mí, pues era huérfano. Él le
respondió que así lo haría, y que me recibía no por mozo sino por hijo. Y así
le comencé a servir y adestrar a mi nuevo y viejo amo. Como
estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi amo que no era la
ganancia a su contento, determinó irse de allí; y cuando nos hubimos de
partir, yo fui a ver a mi madre, y ambos llorando, me dio su bendición y dijo:
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Características de la novela
picaresca.
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