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Hijo del almirante Diego Hurtado de Mendoza y de
Leonor de la Vega. Gran poeta y literato, humanista, y uno de los más grandes
personajes de la corte de Juan II. Fue el primer marqués de Santillana y conde
de Manzanares el Real. Nació en 1398 en Carrión de los Condes (Palencia).
Casado con Catalina de Figueroa (1412), hija del maestre de Santiago, Lorenzo Suárez
de Figueroa, pudo aumentar su formidable patrimonio, hasta el punto de
convertirse en uno de los grandes de España más poderosos e influyentes del
siglo XV castellano.
Interviene muy pronto en la compleja política de su tiempo, primero con don
Fernando de Antequera, más tarde con su hijo, el Infante Enrique,
posteriormente al lado de Alvaro de Luna. Su participación en las diferentes
ligas y confederaciones fue decisiva. De todo obtuvo importantes beneficios.
Mantuvo a lo largo de su vida la fidelidad a Juan II, aunque se enemistó con Álvaro
de Luna a partir de 1431. No por ello militó en el bando de los aragonesistas;
en la batalla de Olmedo (1445) se encuentra entre las filas del ejército real,
gracias a lo cual el rey le concede el marquesado y el condado referidos. Don Iñigo
contribuyó claramente a la caída de don Álvaro (1453), y a partir de entonces
comienza a retirarse de la política activa. Su última gran aparición se
produce en la campaña de Granada de 1455, ya bajo el reinado de Enrique IV
Después se retira a su palacio de Guadalajara para pasar en paz los últimos años
de su vida.
Huérfano temprano se educó en la refinada corte aragonesa de Barcelona, donde
trabó relación con Jordi de Sant Jordi, copero, y Ausias March, halconero
real, y, a lo largo de toda su vida, atesoró una notable biblioteca (más tarde
propiedad de la casa ducal de Osuna). No conviene, sin embargo, confundirlo por
ello con un escritor humanista. Apenas sabía latín y leía sus clásicos en
traducciones no siempre buenas. De otro lado, su misma idea de la profesión
literaria y su concepto de poesía son medievales, como refleja muy bien el
famoso Proemio, o carta prologal, a la colección de sus obras enviada a
don Pedro, condestable de Portugal, que se tiene con exageración como primera
«historia de la literatura española». Es, de hecho, un reflejo de las ideas
de poesía como ciencia y de la teoría de los estilos heredadas del siglo
anterior y, en su aspecto más interesante, un testimonio del cambio de gustos
nacido al calor de novedades internacionales que cita: el dulce stil nuovo italiano,
el alegorismo francés de Alain Chartier y el Roman de la Rose y, sobre
todo, el alegórico modo introducido en España por Francisco Imperial. En el
estilo elevado que éste introdujo en el Cancionero de Baena— al que
son consustanciales el ritmo acentual muy marcado del verso de arte mayor (dodecasilábico),
el cultismo léxico crudo, la referencia mitológica y la alegorización sistemática—
escribió Santillana sus composiciones poéticas de mayor empeño: Defunción
de Don Enrique de Villena, Coronación de Mosen Jordi, Infierno de los
enamorados, y la más larga Comedieta de Ponza, donde se lamenta de
la derrota naval sufrida por Alfonso V de Aragón y alude a su victoria final
(de ahí, como en su modelo Dante, el curioso titulo de «comedia», que apunta
al final feliz de los hechos).
Sobre modelos petrarquistas y dantescos escribió también sus cuarenta y dos
sonetos «al itálico modo», primeros en la lírica española tras un par de
Villalpando. Al tono moralizante y más simple de expresión corresponden su Doctrinal
de privados (feroz ataque contra el de Luna), los Proverbios de gloriosa
doctrina y el diálogo de Bías contra Fortuna, quizá el que reúne
más afortunados momentos en la glosa de tópicos senequistas y en su presentación
de un tema —las mudanzas de fortuna— tan de su época. Más numerosas son
sus poesías de tema amoroso al modo cancioneril: entre ellas tienen particular
relieve sus encantadoras serranillas (donde el tradicional encuentro
amoroso de serrana y señor se estiliza mucho sobre los modelos anteriores) y el
Villancico a sus tres hijas, atribuido en algunos lugares a Suero de
Ribera, que ensarta con delicada gracia cancioncillas tradicionales en un
encantador cuadrito cortesano.
(Juan Carlos Mainer y César Olivera Serrano)
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