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| Garcilaso de la Vega
“Si Garcilaso volviera,
La espada del poeta en sangre escribe,
Verde aroma silvestre el campo exhibe,
Oh, bucólica vida de rebaños,
Y la amada glacial, inasequible…
Los Angeles, 12 de abril de
2000
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Prototipo del poeta soldado y del renacentista laico
y cosmopolita, aprovechó con creces su corta vida (1501?-1536) legándonos la mejor obra lírica del siglo XVI. Su servicio a Carlos V le trazó de una u otra manera los caminos vitales y poéticos: en las bodas de su señor (Granada, 1526, un año después de la suya con doña Elena de Zúñiga), encontró a Isabel Freire la musa que precisaba en su tiempo todo cortesano hacedor de versos; su estancia en Nápoles desde 1532 ayudó sobremanera al perfeccionamiento de su obra, que trasformó completamente la poesía española; finalmente encontró una muerte heroica en la desastrosa campaña francesa del emperador. |
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Estoy continuo en lágrimas bañado, rompiendo el aire siempre con suspiros; y más me duele nunca osar deciros que he llegado por vos a tal estado que viéndome do estoy y lo que he andado
si a subir pruebo en la dificil cumbre,
Y sobre todo, fáltame la lumbre
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| Nació este eminente poeta, gran señor por su familia
como por su ingenio, en la imperial ciudad de Toledo, en 1503, correspondiéndole
por la elevada alcurnia de su casa el hábito de la orden de Alcántara.
Desde muy joven siguió las banderas del Emperador Carlos Quinto, mostrando tales bríos y arrestos, que pronto se distinguió entre todos sus compañeros. Estuvo en casi todos los grandes hechos de armas de aquel glorioso reinado, habiéndose particularmente lucido en la defensa de Viena y en el sitio de Túnez, donde fue herido. Entonces se volvió a Nápoles, donde a pesar de sus eminentes servicios incurrió en la desgracia del Emperador, por haber protegido los amores de un sobrino suyo, que aspiraba a la mano de una dama que le era muy superior en jerarquía, por lo cual fue desterrado a una de las islas del Danubio, que con tanto donaire había de cantar. Mas no tardó en volver a la gracia del Emperador, dado que poco después le acompañaba en su expedición al Piamonte, en cuyo ejército tenía bajo su mando once banderas de infantería. Una vez derrotados los franceses y cuando ya se veían en retirada forzosa, el Emperador perseguía y daba caza; en esta operación ordenó la toma de una torre que se hallaba en un lugar cerca de Frejus, donde desesperadamente se defendían unos cincuenta franceses; Garcilaso fue de los primeros en subir, mas fue herido de una pedrada en la cabeza, y cayó. Lleváronle de allí a Niza, pero no sobrevivió sino veinte días a sus heridas, pues murió en dicho lugar a los treinta y tres años de edad. Era en 1536. El Emperador, indignado por la pérdida de uno de sus primeros oficiales, que tan joven era y tanto prometía, hizo pasar a cuchillo a todos aquellos franceses que le habían muerto. Pero si lo corto de su vida le impidió dar de sí todo lo que para la gloria de las armas habría podido, no fue ella tan corta para las letras, pues que ya en vida suya había recibido el título, que la posteridad le ha confirmado, de príncipe de los poetas castellanos. Sus obras eran conocidas de todo el mundo, y su autoridad tal, que el mismo Cervantes, que no tenía sobrada propensión al elogio, le consideraba como una de las más indiscutibles glorias de las letras patrias. Así, cuando el Licenciado Vidriera se partió para Italia, «los muchos libros que tenía los redujo a unas Horas de Nuestra Señora y un Garcilaso sin comento, que en las dos faldriqueras llevaba». Es decir, que al ingenioso licenciado le era imposible separarse de su gran poeta favorito. Otros autores han sido más o menos discutidos, y hasta se !es ha negado que fuesen verdaderos poetas, y sólo versificadores hábiles; pero la fama y renombre de Garcilaso han sido siempre y son de los más puros e indiscutidos. Es el primero de los poetas líricos castellanos, sin duda alguna, y representa por sí mismo uno de los géneros más en boga en nuestra literatura: el género bucólico, en el cultivo del cual llegó a tal altura que por nadie ha sido alcanzado. |
Obra y estilo de Garcilaso de la Vega

| El periodo conocido como renacimiento se caracteriza por el descubrimiento de la antigüedad clásica que sirve de modelo a imitar. Garcilaso, y otros autores de esta época, poseen un sentido clásico de la belleza, e introducen en su obra elementos propios de la literatura clásica latina: temas, estilos y personajes. La presencia de la naturaleza y el paisaje está relacionada directamente con el clasicismo. A imitación de los modelos clásicos de Horacio y Virgilio, la naturaleza se idealiza: el "locus amoenus", un fresco y verde prado por donde discurre una corriente de agua clara, rumorosa y pura, servirá de fondo a la acción de muchos de los poemas de este periodo. Esta naturaleza idealizada supone una fe en la bondad intrínseca de lo natural, y los personajes que lo habitan son pastores, la representación humana del estado más natural. Garcilaso encarna el ideal cortesano de la época al unir en su persona al poeta y al militar. Escribió una corta producción de versos pero que no publicó en vida. Fue su amigo Juan Boscán quien reunió los manuscritos, los revisó y publicó en Barcelona junto con sus propias obras bajo el título de Las obras de Boscán y algunas de Garcilaso de la Vega (1543). El libro fue un aontecimiento importante por los nuevos metros de origen italiano que contenía: el soneto, la canzone, las octavas, la rima interior y el verso libre; por los temas mitológicos, arcádicos y discursivos y por su lenguaje hecho de frases cortas, imágenes plásticas y una gran musicalidad; como las obras de Garcilaso gustaban más que las de Boscán, los editores decidieron publicarlas independientemente, y un tomito de Garcilaso sólo apareció en Salamanca en 1569. Desde entonces ha seguido siendo así. La obra completa de Garcilaso se compone de poco más de 4.000 versos que forman tres églogas,38 sonetos, dos elegías, cinco canciones una epístola y unas composiciones breves en octosílabos escritas a la manera tradicional cancioneril. Las influencias más visibles en la obra de Garcilaso son las del bucolismo clásico (Ovidio, Virgilio y Horacio); el platonismo (Platón y los neoplatónicos) con su exaltación mística de la belleza, la naturaleza y la armonía del universo; y, por último, la obra poética de Petrarca, Sannazaro y Bernardo de Tasso, autores italianos que son su modelo más directo de inspiración. Con Garcilaso la literatura española entra en un nuevo periodo en el que se introducen una serie de novedades que rompen con la estética medieval. Hasta este momento la poesía sólo adquiría hondura y autenticidad al tratar temas graves, y sobre todo la muerte -recuérdense la Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique-. Con Garcilaso aparece una nueva manera de sentimiento, más auténtico e intenso, más centrado en lo amoroso. Durante su estancia en Italia Garcilaso entró en contacto con nuevas formas poéticas, tales como el verso endecasílabo, y estrofas como el soneto y la estancia. Garcilaso es capaz de adaptar el castellano a este nuevo verso dándole una fluidez y suavidad extraordinarias; a partir de Garcilaso, el endecasílabo se convertirá en el verso noble por excelencia. También, a partir de él, estas nuevas estrofas quedarán incorporadas a la nómina de la métrica renacentista española. La trascendencia de la obra garcilasiana, pues, procede de haber introducido el verso endecasílabo en España, así como la poesía petrarquista, que no es otra cosa sino la gran poesía lírica del renacimiento. La mayor parte de sus composiciones tratan el tema amoroso pero no a la manera medievalista o tradicional castellana del romance, sino como un concepto lírico abstracto, de ideal de belleza, de creación artística. Su maestría reside en una aparente sencillez y naturalidad conseguida por las formas métricas, las rimas suaves, poco relevantes pero variadas, las metáforas delicadas, las paradojas, los juegos conceptistas con el fin de crear una atmósfera fútil, de nostalgia y evanescencia en la que el texto suene a confesión personal y sincera. Sin duda es el poeta de la elegancia, del que tantos otros, y grandes, se sentirán deudos, desde Luis de Góngora hasta Alberti, Juan Ramón Jiménez o Gustavo Adolfo Bécquer. |
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