Prófuga de mis ojos me
abandonó la vista,
y me abraza la sombra de
noche interminable;
no tengo lazarillo que al
caminar me asista,
ni oídos que me escuchen, ni
lengua que me hable.
Llevo en la piel a fuego
cien poemas impresos,
pletóricos de vida, de
lirismo vibrante,
cien gritos de energía
prolífica, cien besos,
para forjar del barro
inorgánico una amante.
Tú, mujer, cuyos labios en
sequedad se agrietan,
cuyas manos se extienden y
regresan vacías,
mujer de senos mustios que
otras manos no aprietan,
y de muslos desiertos, y de
caderas frías.
Mujer que has olvidado la
magia del contacto,
cuya mueca en la noche tus
manos perpetúan,
eres el barro inmóvil, de
perfil inexacto
sobre el que mis ideas y mi
diseño actúan.
Silencia las palabras, los
párpados desciende,
bloquea esa maraña de
imágenes que puebla
tu mente irresoluta, que
apenas las comprende,
y al fin emancipada, únete a
mi tiniebla.
Ciega absolutamente, como
yo, reptarán
las yemas de tus dedos sobre
mi piel desnuda
descifrando mis versos, que
manifestarán
su sentido inequívoco en
charla sordomuda.
Estudia cada frase de mi
topografía
con el tesón prolijo de
exégetas y sabios,
y esa lectura lenta será
como una orgía
de datos que no saben
facilitar los labios.
Hazte ciega conmigo,
reconóceme a fondo,
háblame con tus manos,
descríbate tu piel,
que es el lenguaje vivo al
que mejor respondo,
y es muerto el que se
expresa, o está escrito en
papel.

Los
Angeles, 24 de agosto de 2000