| Poesía
del momento, Nº 139 a |
Primera
de febrero de 2008 |







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Quiero volver a veces la espalda a lo vivido,
a esa tierra que ha visto mi gozo y mi pesar,
caminar sus arenas, al borde del olvido,
y adentrarme en las aguas para no recordar.
Brevería Nº 1143
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Breverías
1796
Quisimos estudiar la asignatura
que cada amante a repasar se afana,
en completo aislamiento. Qué semana
para crear el mundo a nuestra hechura.
Mas no se hizo la luz. Sobre el vacío
enmudeció la voz generadora;
no hubo tarde y mañana, ni hubo aurora,
y el espacio quedó callado y frío.
1797
No me importan las muertes que he tenido,
la sangre derramada, el sufrimiento;
ni a venganza me pliego ni a lamento,
porque he llegado a ti, y he renacido.
Tiempo vendrá cuando de nuevo muera;
todo es caduco, hasta ese amor eterno
que es ciervo manso y a la vez pantera,
hoy cielo azul, tal vez mañana infierno.
1798
Los sueños que he tenido los reparto
entre gentes que no me reconocen;
si de seda para ellos, ya de esparto
son para mí; si pueden, que los gocen.
Voy a tumbarme al sol, como el lagarto,
sin pensar, sin sentir… No me destrocen
esta calma a que aspiro, no me indaguen…
Si esos sueños naufragan, que naufraguen.
1799
Sigo mirando el roble, tan austero,
que observa cada sombra o silueta
detrás de tus visillos, prisionero
de sus propias raíces; la carreta
dormida junto al muro, y el sendero
de alma trémula ayer, pero hoy tan quieta.
Y en esta placidez, sólo me afana
ser el perfil detrás de tu ventana.
1800
He renunciado al tiempo, fui su esclavo
durante muchos años, mas la vida,
forma de tiempo que a morir convida,
me hizo más perspicaz, si no más bravo.
No me preocupa lo que fui, lo que hice,
ni lo que haré mañana, ni el por qué;
sólo me atañe dónde esté mi pie,
y qué mano en mi mano se deslice.
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Poemas
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Antes de que te ausentes
Antes de que te ausentes
sin intención de regresar de nuevo,
como se van las nubes,
tan suaves, lentamente y en silencio,
antes de que te vayas,
voy a llamarte una vez más, rompiendo
protocolos y convencionalismos
que ya no sirven, que jamás sirvieron.
No tengo nada que decirte, y tanto…
Todo fue dicho ya; siempre volvemos
a las mismas palabras atildadas,
a los mismos conceptos,
que se ofrecen desnudos,
pero al final se cubren de remiendos.
No evocaré la sombra, ni la niebla,
ni te hablaré de los mejores tiempos.
De cal y arena, de albas y de ocasos,
todos estamos hechos.
Me dejaste vivirte paso a paso,
me avecindé en tu piel y en tu cerebro,
remaste las corrientes de mi carne
y asumiste control de mis recuerdos.
Fueron tiempos de azul, de fe, de aromas,
de espíritus y cuerpos,
de dos moldes, cada uno a la medida
de la efigie del otro, ambos convexos;
y encuadramos dos vidas
en sólo un marco, como si el espejo
en el que ambos hubiéramos caído,
devolviera semblantes superpuestos.
Y ahora te vas. Sin ruido, sin reproches,
y sin resentimiento.
No veo en ti la rosa que se agosta,
porque en mí no te has muerto;
veo el río que fluye, que se aleja,
y a la vez permanece; veo el viento
que, aunque pasa, me sigue acariciando;
clamor que expira y vuelve a mí en el eco.
Voy a llamarte, y lo hago esperanzado
de que tu voz, ni gozo ni lamento,
una vez más resuene en mis oídos,
y una vez más tú escuches mi silencio.
Los Angeles, 5 de febrero de 2008
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Besaya
Es un río de piedras el Besaya,
cruzándole los niños sin mojarse.
Años atrás llevaba a sus espaldas,
hierro y madera, gris puente colgante,
que ya murió; más bien lo asesinaron…,
¿sabe usted?, el progreso inevitable.
Se van las cosas como al agua pasa;
ya no le queda el aire
de amable soledad, casi remota,
hermana de eucaliptos y nogales.
Abrazo de ladrillos y cemento
acompaña su cauce,
y el ruido apaga su rumor, ya queja,
por la que nadie logra interesarse.
Estaba a nuestro lado, y sin embargo
parecía distante.
Eramos niños. Todo era aventura
más allá de las faldas de la madre,
fuera del barrio, territorio inédito,
aura azul de misterio en viejas calles,
en los campos vacíos, el pantano,
el pedregal, las sombras del paisaje…
Río mucho más río en el invierno,
dilatando sus márgenes
con el acopio de la lluvia intensa
resbalando en la hoz, entre jarales;
pero manso caudal en primavera,
cuando convida el sol, tibia la tarde,
a olvidos de la escuela,
en ausencia, tal vez, indetectable.
Fueron aquéllos tímidos ensayos
de exploración y pesca irrelevantes,
de minúsculos peces
capturados a mano en oquedades
de piedra y rama, el agua a la rodilla,
pero se nos hacían memorables.
Esos niños al fin se hicieron viejos,
mientras el pueblo de antes
ha abdicado sus hábitos vetustos,
y se ha sofisticado. No hay chavales
permutando las clases por el río,
y éste ya no es el padre
de húmedas barbas y rumores blancos,
aunque parezca el mismo entre los árboles,
que espolea en los niños fantasías;
también esto ha llegado a remozarse.
Yo vuelvo a veces a tocar sus aguas,
como en intento de rebautizarme;
tal vez aún guardan el vigor de antaño,
y la simplicidad; tal vez el ángel
de la niñez que tan atrás dejamos,
aún agita las alas por su cauce.
Los Angeles, 5 de febrero de 2008

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Escuchando a Schubert
Escucho a Schubert, y apareces llena
de sueños, y violetas, y campiñas,
en tus hombros las alas del arcángel,
hecha de notas musicales vivas,
mi sinfonía inacabada, el canto
brindando enlaces a la poesía,
en la noche lunar tú Rosamunda
que en el abismo y la montaña brillas.
Cierro los ojos; sobre mí resbalan
adagios, y romanzas; se deslizan
sobre la piel del alma
como vela sin barca en la marisma,
buscando dónde asegurar el mástil,
curvada su blancura por la brisa.
Mis retinas se vuelven hacia dentro,
y eres, al fondo de mis galerías,
el arpa que cien manos delicadas
sedosas rasgan, y las cien son mías.
No me hablas en palabras,
ajustas las clavijas
y tu voz es acorde, bordoneo,
con nostalgia de nieblas y llovizna.
Los trombones del miedo me atormentan
con gris expectativa
de pérdida no cierta, mas posible,
y germina un rosal de sólo espinas;
pero violín y clarinete ahuecan
el alma, y la salpican
de pétalos y espuma, renaciendo
una vez más la fe; y hay golondrinas
y alondras en los huecos de las flautas,
y todo un bosque mágico suspira
en eclosión de aromas y colores…,
y así floreces, primavera mía.
Los Angeles, 6 de febrero de 2008

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1821 - Se morían las rosas
Me describía el porvenir cercano
como si fuera ayer, lance cumplido;
pero su voz, más débil en mi oído,
fallaba en convicción. Sobre el piano
se morían las rosas. De su mano
brotaba un suave ritmo distraído,
como quien dice adiós a quien ha sido
sólo fugaz idilio de verano.
Pero mi amor nunca se dio en porciones,
ni distinguió de espacios o estaciones,
fue siempre aquí, perenne primavera.
Salí a la calle. Caminaba el viento
casi a mi propio paso; su lamento
daba la mano al mío por la acera.
Los Angeles, 8 de febrero de 2008
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1822 - A pesar
Dentro, en el alma, tanto me ha llovido
que se desborda ya por la mirada;
y la columna vertebral truncada
parece estar del peso padecido.
Y a pesar de desaires y gemido,
a pesar de codazo y dentellada,
aunque mi vida ha sido saqueada,
no acierto a deplorar lo ya vivido.
No amo el dolor, prefiero soslayarlo;
si inevitable fuera, confrontarlo;
si vencido, esperar tiempos mejores.
Cada acción, cada encuentro, cada paso,
lleva en el fondo hostil de su fracaso
más ángeles de luz que enterradores.
Los Angeles, 8 de febrero de 2008

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1823 - Abatimiento
El invierno, metódico, apremiante,
va adentrándose en esta primavera
que transmutó mi vida de madera
en oro puro y sangre galopante.
Dejó el mundo de ser turbio y distante
al recalar tú en mí, feliz galera,
amor, fe y esperanza por bandera,
y flete de erotismo desbordante.
Se derramó sobre tu piel lasciva
mi savia voluptuosa y emotiva,
el vigor juvenil resucitado.
Mas ya se agrieta mi revestimiento,
me envuelve el frío, asciende el desaliento,
y a la cruz del dolor estoy clavado.
Los Angeles, 10 de febrero de 2008

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