| Poesía
del momento, Nº 134 b |
Segunda
de septiembre de 2007 |







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La puerta es bienvenida, la ventana es ensueño,
con la misma distancia de tacto a fantasía;
a la puerta golpea persistente el empeño,
y a la ventana el mundo muere de lejanía.
Brevería Nº 1007
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Breverías
1731
Te ves en un espejo que deja de ser mudo
gritando mi apellido si te asomas al borde;
y cada sinfonía me imparte tu saludo
en cada nota trémula, cada rítmico acorde.
1732
Sólo contigo, sólo, sin pausa ni testigo,
sólo contigo, ahora, sin antes ni después;
renuncia a esa tu sombra que se viene conmigo,
y arráncame esta sombra que se enlaza a tus pies
1733
Quiero transfigurarme cada día,
y seguir siendo el mismo para ti;
perfecta síntesis parecería
de lo que hoy soy, y de lo que antes fui,
de cuantos fueron en tu fantasía,
y del que anida solamente en mí.
Y no querrías más, ni de otro modo,
porque al tenerme, lo tendrías todo.
1734
Acabas de llegar; voy a vivirte
como ciñendo túnica radiante
sobre mis hombros, hasta mis talones,
revestido de ti; y a persuadirte
al atavío de otra semejante,
mi propio yo sobre tus dimensiones.
1735
Hazme infeliz a veces (pero no en demasía)
para no acostumbrarme a este perenne goce,
y aceptar que, si amamos, la sola garantía
que se nos da, es tan frágil como un temblor, un roce.
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Poemas
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Libro
Hace tiempo, años ya, que me aprendiste,
como quien cada noche, y a hurtadillas,
repasa el libro lúbrico, prohibido,
inductor de ansiedad y autocaricias.
Volvías sobre mí, página a página,
releyendo, anegando tus retinas
de cada rostro en explosión convulsa,
cada figura a la otra entretejida,
cada gesto espontaneo o programado,
cada gemido reclamando vida.
Yo era el libro ilustrado
que habías estudiado, por activa,
por pasiva también, sin mí y conmigo,
con tanto de avidez, tanto de intriga.
Pasé de ser imagen, aire, sombra,
en las inescrutables galerías
de tu cerebro, a ser vino de dioses,
sangre roja, fluyendo enardecida
por venas de cristal, brindis alzado,
en conmoción de labios y rodillas.
Todas mis hojas, aunque numeradas,
se abrían al azar, tan saltarinas,
como dejándose llevar, bohemias,
bajo el prófugo impulso de la brisa.
Pero tu percibías cada frase,
cada forma, semblante, alegoría,
a fuerza de estudiar, memorizadas,
a fuerza de soñar, provocativas.
Y quedabas, a veces, en suspenso,
nube colgada, blanca estalactita,
a punto de caer…, o de romperte,
ánfora frágil, caña quebradiza.
Volvías a tu libro, siempre el libro
de palabras y láminas precisas,
manual de caminantes
para esta única senda, tuya y mía;
diario de recuerdos y esperanzas,
tantas cosas vividas,
tantas, aunque lejanas, inmortales,
porque constantemente resucitan.
Tan bien me has aprendido,
que en ti llevas mi vida entera escrita.
Los Angeles, 12 de septiembre de 2007
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Amarte al aire libre
Amarte al aire libre,
en ignorancia de mirar ajeno,
caminando el Edén más exclusivo,
de una pareja sólo, desde cero,
nada detrás, la vida por delante,
conscientes ya de desnudez, sin miedo,
ni hoja de higuera o flameante espada,
y el árbol de la ciencia todo nuestro.
Yo sé todo de ti, tú de mí sabes
cuantas huellas marcaron en mi cuerpo
pies sin profundidad, y que parecen
haberse obliterado con el tiempo.
Tan joven este mundo, despoblado,
aún no se han hecho leyes, no hay espejos,
porque aún no ha germinado la vergüenza,
y sólo tú me miras, y a ti veo.
Amarte al aire libre,
sobre la fresca hierba, bajo el cielo,
sin más testigos que aves en las ramas,
una orquídea tal vez, tal vez un ciervo.
Tú, primera mujer, yo, primer hombre,
qué descendencia de los dos tendremos.
No habrá quijada de asno,
sólo un albor de algarabía y besos.
Ven sobre mí. No escuches los rumores
que como un río fluyen a lo lejos.
Es nuestra toda la naturaleza,
no hay nadie más, el mundo es aún pequeño.
Alguien vendrá que inventará la rueda,
alguien sabra domesticar el fuego,
y alguien después revolverá la entraña
de la tierra, ofreciéndonos el hierro…
Pero eso es tan lejano…,
acaba de nacer el universo,
y sólo tú y yo estamos
en esta noche clara, de misterios.
Amarte al aire libre,
mi necesario, irrevocable sueño.
Los Angeles, 12 de septiembre de 2007

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Imprescindible
Te he amado con palabras enigmáticas,
de esas que dicen más de lo que dicen,
aunque nadie lo entiende, ni tú misma;
con afán que no acierta a despedirse;
con miradas furtivas, como ríos
que no se dejan ver ni oir, sutiles,
pero que pasan junto a ti, muy cerca,
tan tímidos, tan tristes.
Y con manos te amé, cortas, inmóviles,
creyéndote intangible.
Te amé con pensamientos que me hubieran,
de haberse hecho visibles,
condenado a tortura
y muerte al fin, en múltiples países;
y que tú hubieras aceptado al verlos,
pero, ay, que no los viste.
Si hubieras estado hecha de sonidos,
y avanzaras en arpas y violines,
hubieras penetrado mis barreras,
resonando en mis tímpanos, no diques,
sino umbrales a zonas más recónditas,
a las que bien pudieras adherirte,
y navegar la savia de mis sueños
de la más alta rama a las raíces.
Y si fueras de luz, tal vez leyeras,
al entrar por mis ojos, cuanto escribe,
en las paredes vivas de mi espíritu,
ese duende interior que por ti vive…
Una voz inequívoca me advierte
que ya has entrado en mí, que ahora resides
en esa zona de vigor y sangre
que alguien denominara vida. Dime,
¿te quedarás? ¿Sabrás considerarme
como te considero, imprescindible?
Los Angeles, 13 de septiembre de 2007

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Sueños cansados
¿Percibiste mis sueños plegándose en tus manos?
Eran leves alondras renunciando a su vuelo.
¿Para qué los espacios vacíos, los pinares,
para qué las nocturnas soledades, los cerros?
En ellos he batido las alas, desolado
de no encontrar la rama florida, seco el suelo,
y he regresado siempre, paloma de diluvio,
a un arca que era apenas refugio en movimiento.
Era el agua en los valles, el barro en las laderas,
el silencio en las cumbres, oh Dios, cuánto silencio;
y eso era todo: Nada; despoblado, oquedades,
ir y volver sin rumbo. ¿A dónde va el sendero?
Qué desgaste de fuerzas, qué orfandad, qué cansancio,
qué años tumultuosos de inútiles rastreos,
con la angustia en el pecho, la soledad a cuestas,
besos casi a la mano, mas sin lograr beberlos;
y los que se alcanzaron, tan débiles, tan pálidos,
apenas guarnecidos de volumen y aliento.
Cómo detesto aquellos caminos recorridos,
ciudades visitadas, hospedajes decrépitos,
los días trashumantes, las noches rutinarias,
en que uno era inquilino sintiéndose extranjero.
Malditas las palabras que nada me decían,
y malditas las mismas que repetí yo luego.
Nada sólido, nada; todo de niebla y aire,
todo de humo, de espuma, de sombra estaba hecho.
Si no hubieras tardado tanto como has tardado
no se hubieran cansado tanto mis propios sueños.
Hoy se me ovillan todos desnudos en tus manos.
Cierro los ojos. Callo. Es hoy nuestro momento.
Los Angeles, 14 de septiembre de 2007
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Tiempo
Debo aprender que al fin estoy amando,
dejar atrás la endémica ignorancia
que se empeñó en negarme
lo que tantos pensé desentrañaban
cada día en sus vidas, y en la mía
se quedaba tan fuera de mis ansias.
Hay un tiempo de fe,
como lo hay de la luz a la alborada;
y tal vez muere, como muere el día,
y entonces llega el tiempo de esperanza;
y éste se va extinguiendo lentamente,
como el perfil del cerro, o de la acacia,
difuminado en sombras al ocaso;
y hay un tiempo también para las lágrimas,
que se podrá considerar eterno,
pero que al fin se bate en retirada.
Y al agotarse todos esos ciclos,
inventamos el tiempo de la nada.
Nada puede ocurrirnos,
nada hemos de indagar, ya no hay ventana
a que asomarse, ni hay sendero abierto
que pueda recibir nuestras pisadas,
ni hay horizontes que soñar, ni hay noches
de silencio integral y luna clara.
Todo eso pertenece ya a otro tiempo
que se nos escapó, viejo fantasma.
Y sin embargo todavía hay tiempo,
todo sigue su marcha,
y en el invierno de la vida pueden
nacer las rosas blancas
que vimos con envidia
en otros búcaros, otras solapas.
Este es mi tiempo para amar, tardío,
pero el mejor que nunca imaginara.
Los Angeles, 15 de septiembre de 2007

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1751 - Solo
Triste como la noche del amante,
solo en su lecho sepulcral despierto,
con ese inevitable olor a muerto
de inesperada ausencia, sofocante.
Y ausencia fue. O fue tal vez desplante.
O escisión trascendiendo al descubierto;
como si al desenlace de un concierto
sucediera silencio amenazante.
No hubo ruidos llamando a su ventana;
en lento caminar, la caravana
de recuerdos sangrábale la mente.
Cómo quisiera una memoria hueca,
un corazón en blanco, un alma seca,
dentro de un cuerpo que ni ve ni siente.
Los Angeles, 17 de septiembre de 2007

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