| Poesía
del momento, Nº 134 a |
Primera
de septiembre de 2007 |







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Escalada la cima del recuerdo,
no alcanzará a mis pies la indiferencia;
presente en mí en las brumas de la ausencia,
en qué agridulce soledad me pierdo.
Brevería Nº 899
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Breverías
1726
Pasas por mí como si fuera un río,
tus pies, de piedra en piedra, sin mojarte.
Tengo en casa un remanso, todo mío,
donde podrán mis aguas abrazarte.
Por cada roce habrá un escalofrío,
y una vez que decidas desnudarte,
y sumergirte en mí, no habrá corriente.
Que espere el mar indefinidamente.
1727
Te vi entre parpadeos, un instante,
como relámpago en la noche; luego
la misma oscuridad desconcertante,
el mundo tal como lo capta el ciego,
sin mar y sin colores, discordante
vaivén de ruidos en confuso juego.
Si no te hubiera visto, no sabría
como es la luz y el esplendor del día.
1728
Tu silencio se enreda con el mío,
silencio a gritos que urge y nos anuda,
porque lo expresa todo;
por su fervor confidencial me guío,
y a tus apremios, sin temor ni duda,
gozoso me acomodo.
1729
La desnudez procuro de la rosa,
deshojando sus pétalos de seda
uno por uno en lentitud galante,
pero vestida estaba más hermosa.
Nada en su centro escuálido se hospeda,
sino el tallo trivial, irrelevante.
Al desnudar tu cuerpo, parecía
que ibas siendo más bella todavía.
1730
Una invasión de bárbaros has sido
vandalizando mi alma, ahora desierta
de cuanto acumuló, pero no ha huído,
su voluntad de defenderse, muerta.
Me queda el cuerpo que, si bien dormido,
a tu irrupción brutal ya se despierta,
y ha de erguirse, en rebelde iniciativa,
desarrollando la contraofensiva.
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Poemas
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Aunque se te espera
Era como si el día hubiera muerto
en abandono de silencio y niebla,
y extendidas las manos,
yo buscara tus ámbitos a tientas.
Te habías hecho sombra,
o mis pupilas se quedaron ciegas.
Siempre habías llegado
tan puntual, tan gentil, como la ofrenda
que sabe combinar alborozada
roja sensualidad, blanca inocencia.
Eras la línea curva,
y eras también la recta;
hecha toda de dedos y de muslos,
de cintura, de senos y caderas.
Los ojos te miraban
como el paisaje que explorar quisieran,
o catedral de torres invertidas,
o itinerario en que se imprimen huellas
que no perturbarán aguas ni vientos,
ni otros pies; no hay más pies en esta tierra.
Y hoy, de repente, oscuridad y calma,
y desaparición de tu silueta.
¿Te has ido ya, o se han evaporado
las cosas que te cercan,
la luz, el calendario, los colores,
el temblor, que establecen tu presencia?
En esta oscuridad recién llegada
en que mis manos la pared tantean
y tropiezan mis pies, siempre en tu busca,
me flaquean las piernas,
y de llamar tu nombre
tengo seca la lengua.
¿Será verdad, tal vez, que ha muerto el día
porque no vienes, aunque se te espera?
Los Angeles,
2 de septiembre de 2007
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1747 - Las llamas
Al calor de la hoguera me he sentado,
y te he visto en las llamas sinuosas,
lúbricas lenguas, colas de raposas
en revuelto vaivén por los sembrados.
No sé si estabas o eras. Encrespados
sus perfiles en danzas silenciosas,
se agitaban aún más voluptuosas,
como tropel de diablos embriagados.
Eras tú misma, sí, múltiple y una,
aquelarre nocturno, con la luna,
y yo también, de tu esplendor testigo.
Tu alma y tu cuerpo, lengua, abrazo, fuego,
en solemne misión y ávido juego,
y yo abrasándome feliz contigo.
Los Angeles, 2 de septiembre de 2007

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Blindaje
Se me han hecho de acero las venas, se retuercen,
se contraen, se tensan, se atirantan,
siguen al rojo vivo, como río de fuego
que al final se endurece, mas sin fraguarse en lanzas.
Forman la red compleja, o el múltiple andamiaje
que mantienen enhiesta la estructura del alma.
Era la sangre el vino bullicioso, rebelde,
irrigador de mentes, y que al final embriaga;
era el flúido rojo que huye por las heridas,
líquida voz que arrulla, o conversa o proclama,
atabal sobre el pecho, martilleo en las sienes,
afluencia en el sexo que el surtidor prepara;
y es a veces el pozo donde se hunde la vida,
dejando un charco en tierra, dejando una piel pálida.
No sangraré de nuevo, quedo fortificado,
y nadie, nadie, nadie, conquistará esta plaza.
El esquema de huesos ya no es sostén del cuerpo,
ahora tengo otra urdimbre más sólida, que aguanta
los choques de la vida y el peso del hastío,
la ruina del desmayo y el desplome del ansia.
He blindado las venas para que no me sangren…
Voy a blindar los ojos para evitar las lágrimas.
Los Angeles, 2 de septiembre de 2007

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1749 - Ascensión
Me aferro a ti con puños de firmeza,
alpinista escalando la vertiente
de tu vida; se me hizo insuficiente
contemplar desde lejos su belleza.
La ascensión por la vista no es proeza,
no exige esfuerzo, y sólo es aparente
el asumido riesgo; no hay saliente
que asir en el desván de la cabeza.
Debo treparte paso a paso, alzando
mi estatura a tu lado, atenazando
cada protuberancia, cada grieta;
apretado a tu flanco de tal suerte
que, al ser apercibidos, nadie acierte
a distinguir sino una silueta.
Los Angeles, 3 de septiembre de 2007
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1750 - Mirando alrededor
Vistes serenidad, pero aniquilas,
vaporizando rostros de mujeres;
eres mar absorbiendo naves, eres
ciego ciclón, arrasas y mutilas.
Pero no hay brusquedad en tus pupilas,
sino tacto sedoso; tus poderes
son ajenos a ti, que no interfieres,
no los gobiernas, sólo los destilas.
Mirándote olvidé rostros que un día
se apoderaron de mi fantasía,
repoblando las zonas de la mente.
Hoy, al mirar en derredor, te veo
sin que otra sombra enturbie mi deseo,
porque me has hecho el mundo transparente.
Los Angeles, 3 de septiembre de 2007

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Restauración
Se me rompen la piel y las palabras,
y la oquedad del pecho se me rompe;
soy desgaste de vida,
trayectoria de astillas en el bosque
tras sangrienta jornada arboricida
de toscos leñadores.
No sé quién hallará diseminados
mis propios miembros, si a la medianoche
divisara mi espalda en lejanía,
y tropezara en ellos. ¿Habrá un hombre,
una mujer tal vez, que alce una frase
caída de mis labios, o unas flores
del ramo que llevé, o un sentimiento
perdido tiempo atrás, o quizá un bloque
desprendido de mi alta arquitectura,
cuando alto fui, con el vigor del roble?
He vivido, he ganado y he perdido
muchas veces, y acuso los rigores
del tiempo, vendaval iconoclasta,
triturador de aspectos y emociones.
Y el camino, sembrado de mí mismo,
de partes del que fui, de mis sudores,
ofrece la ocasión, a quien me siga,
de reparar mi ruina y mi desorden.
Vuelvan mis ojos a atrapar lejanos,
azules horizontes,
resuéneme en la boca, arrullo o grito,
la voz desafiante de otras voces,
y la palabra que a mi oído aborda
logre engendrar palabra que responde.
Aún puede resonar mi piel con firme
redoble de tambores,
y hay espacio en mi pecho
para revuelo de águilas y cóndores.
Sólo una mano amiga necesito
que pueda restaurarme golpe a golpe.
Los Angeles, 4 de septiembre de 2007

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