No
sabría morirme si quisiera,
aunque en tantos crepúsculos he muerto;
no se aprende a morir, ni a cielo abierto,
ni al fondo de la propia madriguera.
No es
hermana la muerte, es forastera
que no quiere jugar al descubierto;
la solitaria dársena del puerto
ignora cuándo arriba la galera.
Se
muere en repetidas ocasiones,
con justificación o sin razones,
tristes nos malogramos y morimos
de
desencanto, falsedad, temores,
y esas son de las muertes las peores,
porque aún siendo cadáveres, vivimos.
Los
Angeles, 1 de enero de 2004
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- Soneto
Nº 1002
de
- Francisco Alvarez Hidalgo
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