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Solo
en la noche, abrí tantas ventanas
intentando atrapar remota estrella,
cualquiera serviría si destella
anclada firme entre otras más cercanas.
Mi
espera y mi esperanza fueron vanas,
las miré en su esplendor, todas tan bellas,
como radiante coro de doncellas,
menos en son de amantes que de hermanas.
Una
fugaz saltó en arco inminente,
mágica pareció, por diferente,
abandonando el grupo, original.
Pero
murió su luz casi en mi mano.
Volví a mirar a su redil lejano,
y me sentí de nuevo de cristal.
Los
Angeles, 4 de diciembre de 2003
Soneto
Nº 954 de
Francisco Alvarez Hidalgo
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